Mi teléfono inteligente a veces me recuerda que no soy bueno en la limpieza digital. «Elimina los archivos basura que están ocupando espacio», dice el mensaje. No me gusta que mi teléfono me insista, pero si borro esos archivos, tengo más espacio para lo que realmente importa. Por ejemplo, en la competencia de natación de mi hija, tendré suficiente almacenamiento para grabar un video cuando gane, en lugar de darme cuenta inesperadamente de que esos «archivos basura» sabotearon mi capacidad de capturar el momento.
Hace poco, viajé a Los Ángeles y tuve que arrendar un coche. Al rato, estaba conduciendo por calles del centro llenas de tráfico y gente. Me encontré haciéndolo con mucho cuidado. ¿Por qué? Bueno, no quería tener un accidente. Pero, en realidad, no quería dañar mi auto arrendado. Después de todo, no era mío.
En su libro Piense y hágase rico, el autor Napoleon Hill dijo: «Todo aquello que la mente pueda concebir y creer, se puede lograr». Esta cita resume el sueño americano: si trabajas duro, puedes cumplir tus sueños más ambiciosos.
Es fascinante poder ver tu propio corazón. Hace poco, lo hice. Un dolor en el pecho me llevó al médico, quien ordenó estudios que revelaron que mi corazón tiene exceso de calcio. Los médicos lo llaman aterosclerosis: endurecimiento de las arterias.
Mientras escribo estas palabras, nuestro perro Lhasa Apso, Winston, está acurrucado a mis pies. Me vio moverme desde el lugar donde estaba —la silla junto a él— hasta la mesa del comedor. Esos tres metros le resultaron demasiado lejos.
«Papá, me duele la cabeza». «Papá, tengo mucho frío». «Papá, ¿puedes frotarme los pies?».
A veces, un poco de sabiduría llega cuando menos lo esperamos. Esto me ocurrió mientras leía un artículo sobre el jugador de fútbol americano Travis Kelce. Frustrado, un entrenador le dijo: «Cada persona que conoces en este mundo es una fuente o un desagüe». Tal vez te imagines cuál de los dos era Kelce…
En 1692, se publicó por primera vez la obra del Hermano Lorenzo, La práctica de la presencia de Dios. Allí describe cómo invitaba a Dios a sus actividades diarias. Sus palabras siguen desafiándonos a buscar a Dios en oración en todo lo que hacemos, como cortar el césped, ir de compras o pasear el perro.
«Papá, ¿me traerías un poco de agua?», preguntó mi hija menor. «Claro», respondí, llevándole un vaso lleno. Lo tomó sin decir nada. Luego, mi hija mayor pidió lo mismo. Ella tampoco respondió después de darle el agua. Molesto, exploté: «¿Alguien va a decir “gracias”? ¿Por qué es tan difícil?».
Cuando yo era joven, mi abuela recibía el catálogo navideño de JCPenney. Con fervoroso deleite, me lo llevaba para contemplar sus maravillosas imágenes.